Recuerde el alma dormida
Como no me veo, pienso que estoy igual que cuando tenía quince o veinte años, que mi piel es la misma y que corro y salto con la misma agilidad. Luego me miro al espejo, corro para buscar el autobús o salto las escaleras de dos en dos al salir del trabajo. Despierto y contemplo cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando...

5 Comments:
Ahí está el asunto, Tirant, que no nos vemos porque no nos miramos. Y, el roce hace el cariño.
Sí. Si el roce es suavecito. Si hemos lijado cuidadosamente las espinas que la malevola vida nos va poniendo, a modo de trampa.
Lo de la muerte tan callando: ¡nada de callando!. ¡Voces me da cada día cuando me miro al espejo con más canas, más arrugas!. Pero las voces se convierten en gritos de aviso cuando en vez de mirar al espejo, siempre con mirada auto-transigente veo casualmente en la calle la cara de algún antiguo conocido esa sí brutalmente degradada.
Quizá la muerte no se venga tan callando. Quizá seamos nosotros quienes no la oigamos o no queramos escucharla.
¿Sería posible vivir una vida sin escuchar a la muerte, no sin quererla oir sino sin oírla? Nostalgia de mi infancia. No son las arrugas, ni las canas, ni la falta de fuerza, ni la desgana constante, ni el dolor del tiempo que ya ha pasado y no regresará sino la certeza de que no podré volver a vivir sin caer en la cuenta de que esto se acaba, tarde o temprano, da igual. ¿Qué pasa en agosto que no sucede en octubre?
Sobre la vida escribiré algo esta semana en el blog. Sobre agosto y octubre, dime tú lo que ocurre.
Post a Comment
<< Home