crosto

Tuesday, February 21, 2006

Cuando te escribo

Cuando te escribo, y no respondes; cuando te hablo, y callas; cuando te llamo, y no contestas, me siento pequeño, insignificante. Pensarás que no hay para tanto, que nada de lo dicho parecía importante. Tú tienes razón y yo también la tengo; porque cuando te escribo, te hablo o te llamo, necesito que me escribas, me hables o me llames.

Thursday, February 02, 2006

Anselmo y Angelina

Conocí a Anselmo un mediodía de invierno. Antes Jaime me había hablado de él, pero yo no lo había visto. Ese día yo comía con Jaime en el bar del mercado. En contraste con el colorido de la parada de frutas resaltaba su figura austera envuelta en un gabán azul marino con el cuello levantado y de cuyo bolsillo derecho asomaba un sobre. Sin saber por qué me quedé mirándolo.

-Es Anselmo -oí que decía en voz baja Jaime-, el de las cartas.

Sorbí un poco de café y, mientras observaba como Anselmo escogía algunas mandarinas, Jaime me contó su historia.

"Anselmo era sastre. Cada día, a las ocho de la mañana, cogía el autobús. Tanto en invierno como en verano, vestía traje, a menudo terno, de color gris o azul marino. Si era invierno acostumbraba a llevar además un abrigo oscuro. Se sentaba al final del autobús, donde abría el periódico o, en ocasiones, un libro y leía a través de los cristales bifocales de sus gafas de concha. Trabajaba solo en su sastrería de la ronda de Sant Antoni. A mediodía comía, también solo, en el bar del mercado o en cualquier restaruante de los alrededores. Pocas veces hablaba con otros comensales. Si acaso, intercambiaba alguna frase sobre el tiempo o el futbol con los camareros. En el barrio le apodaban 'el sastre sirio'; no porque fuera de esa nacionalidad, sino porque doña Paquita, la vendedora de la ONCE que era muy habladora y a quien cada jueves le compraba un número, solía decirle ¡qué sirio es usted, don Anselmo! A las ocho de la noche, cerraba el establecimiento y se dirigía con paso lento hacia la parada del autobús."

-¡Qué vida más infeliz! -comenté mientras miraba como Anselmo se alejaba con paso cansado por el pasillo.

-No creo que en esa época se sintiera infeliz -me corrigió Jaime.

Lo miré extrañado y le ofrecí un cigarrillo. Lo aceptó y me dio fuego antes de continuar su relato.

"Ni lo veíamos infeliz ni tampoco sabíamos que tuviera mujer o familia. Lo descubrimos unos años después, cuando el negocio empezó a languidecer y ella lo abandonó. La sastrería la había fundado su padre y había sido un negocio próspero. Con el cambio de las modas en el vestir, las ventas fueron descendiendo sin que él acertara en reformarla o actualizarla. Su mujer no se resignó a la pérdida de nivel económico y se marchó con otro. Los meses que siguieron a la separación, Anselmo sufrió mucho. A pesar de que se mantuvo fiel a su indumentaria, la mirada acusó el deterioro anímico. Su soledad pasó a ser absoluta. Acabó cerrando la sastrería y vendiendo el local. Lo emplearon en El Corte Inglés para hacer arreglos en la planta de caballeros. Un compañero le animó a que tuviera algún hobbie y le propuso que se apuntara a un curso de cocina. Al principio no le gustó la idea pero acabó inscribiéndose porque pensó que podía ser práctio.

Allí conoció a Angelina. Ella había venido de Ecuador sin papeles y trabajaba cuidando a personas mayores. En una de las casas le pagaron el curso para que adaptara su modo de cocinar al estilo de aquí. Enseguida congeniaron, a pesar de que ella era veinte años más joven. Quizá porque sintió compasión de él. Sea como fuera, él procuraba estar a su lado y al salir la acompañaba hasta la parada del metro. El día que finalizó el curso, en un arranque de valor, Anselmo la invitó a cenar y luego fueron al cine. A quien le contó la aventura, Anselmo le dijo que estuvo a punto de tomarle de la mano, pero confesó que no se decidió. Después se dieron los teléfonos y se prometieron que se llamarían para mantenerse en contacto. Anselmo la llamaba de vez en cuando e incluso se compró un móvil con el que a menudo le escribía mensajes, pero ella a penas le contestaba. Eso sí, cuando lo hacía, era tan cariñosa que Anselmo olvidaba lo contrariado que se ponía cuando no recibía respuesta.

Un día ella regressó a Quito. No pudo despedirse de Angelina. Cuando se enteró de su marcha era tarde y ya tenía quien la acompañara al aeropuerto. Sólo consiguió la dirección de su nueva casa. Anselmo la escribía cada domingo sin falta; a veces en una terraza al sol, otras en su casa después de comer, al lado del ventanal y acompañado por una cafetera llena y unas pastas de té. Cada día al volver del trabajo, él miraba en su buzón, pero nunca recibía la carta esperada. Él sabía que era una locura y que no debía ni pensar en ella. Aun así decidió enviarle una última carta, en la que le pedía que por favor le mintiera y le dijera que durante todo ese tiempo había estado pensando en él y que si no le había dicho nada era porque pensaba que su relación era imposible y que era mejor para los dos distanciarse y mantener el bonito recuerdo de los días de cocina. La envió y no volvió a escribirle más. De todas formas cada día continuaba abriendo el buzón con la esperanza de hallar una carta de Ecuador. Había trancurrido casi un mes, cuando un jueves, al regresar a casa, encontró el sobre esperado."

Jaime detuvo su relato en seco y se quedó pensativo. Yo, impaciente, le apremié:

-¿Qué decía la carta?

-Eso nadie lo sabe, porque sólo Anselmo la ha leído -respondió-. Sólo sé que siempre la lleva encima y que muchos lo han visto, sentado en algún banco o a la mesa de algún bar, leyendo la carta con una expresión que no es de este mundo.

Desde entonces me pregunto si fue mejor para Anselmo haber recibido aquella carta.