Principio de las igualdades fluidas
Estas navidades me han dejado el libro "La tabla rasa". Habla de la naturaleza humana y, entre otras muchas ideas, expone una que me hizo recordar algo que escribí hace casi treinta años, cuando era estudiante. La semejanza entre las dos ideas me ha animado a reescribir lo que recuerdo de aquel pensamiento. Entonces lo titulé teoría de las igualdades fluidas, pero ahora me ha gustado más principio que teoría.
En aquella época estaba preocupado por descubrir la causa de que un hombre pudiera matar a otro hombre. Me decía: si aceptáramos que cualquier persona puede matar a otra, nadie podría dormir tranquilo porque tendríamos que desconfiar de todos. Así que, para dormir, tendríamos que aislarnos y protegernos. Con lo cual la convivencia entre seres humanos sería imposible. Como la experiencia me demostraba que eso no era lo que ocurría, ya que la regla general es que somos animales sociales, pensé que debía existir algún factor de confianza que permitiera que dos personas pudieran dormir tranquilamente una al lado de otra. Ese factor de confianza era la igualdad. Si yo pienso que soy incapaz de hacerte daño y pienso que tú y yo somos iguales, tú y yo podemos convivir juntos sin temor porque ni tú ni yo representamos una amenaza mútua.
Establecida la igualdad como factor de confianza, me faltaba establecer el criterio de igualdad. Qué o quién es igual a qué o a quién. Si yo considerara que todos los hombres somos iguales, yo no vería moral matar a ningún otro hombre. Pero, si por el contrario, considerara sólo mis iguales a los miembros de mi familia y a mis amigos íntimos o a los de mis mismas creencias políticas o religiosas o a los que habitan en un mismo país, entonces yo podría aceptar moral, en determinados casos, matar a esos otros que fueran diferentes a mí, igual que no me produce remordimientos matar a un pollo para comérmelo.
Alguien dirá ¡qué salvaje comparar un pollo con una persona! Quien así diga, lo hará porque piensa que un pollo es diferente de un ser humano; pero, si su criterio de igualdad fuera diferente, por ejemplo que todos los animales somos iguales, entonces vería igual grado de salvajada en matar a un pollo que a un hombre.
Creo que el factor de confianza es la igualdad y que nadie hace daño a un igual. Sin embargo el criterio de igualdad no es estático, sino que es dinámico, y lo que hoy es igual a mí, mañana puede ser distinto a mí. Llegando al extremo de que yo puedo ser otro para mí, en cuyo caso justificaría el suicidio.
Además de dinámico, el criterio de igualdad lo caracterizo como fluido para dar la idea de inaprehensible. La igualdad no sólo puede subir o bajar peldaños o grados, sino que estos peldaños o grados están imbricados unos en otros. Por ejemplo pensemos en los criterios de igualdad siguientes: nacionalidad, religión, sexo, familia, amistad, miembro de asociación o club, etc. Es fácil ver que los distintos criterios de igualdad pueden entrelazarse y entremezclarse unos con otros haciendo muy difícil hallar a dos miembros iguales sin posibilidad alguna de diferenciarse por pertenecer a grupos diferentes (a los grupos, la mayoría de las veces, se pertenece no por voluntad propia sino porque nos encasillan). Esto hace que el grado de confianza sea variable y nunca alcance el cien por cien, salvo en el supuesto que creamos que todo el universo es uno y que todo lo que ocurre está bien.
(Mi intención era guardarlo como borrador para repasarlo y acabarlo otro día, pero mis limitaciones informáticas me obligan a publicarlo para no perder lo escrito).
